Entrevista a José Ramón Molina

By 29 de enero de 2021727, Entrevista

“Ningún paciente me ha pedido nunca que acabe con su vida, ninguna familia me lo ha sugerido jamás”

El doctor José Ramón Medina asegura que estudió medicina para ser feliz y hacer felices a los demás. Lleva por bandera el juramento hipocrático. Una sentencia sin fisuras, “jamás daré a nadie medicamento mortal”, que marca las horas de su servicio al frente del servicio de Hospitalización de Hematología Pediátrica del Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba. Allí es testigo de la esperanza de adolescentes y niños ante terribles pronósticos. Le sigue emocionando “sus ganas de vivir, sus planes de futuro, su ilusión por seguir adelante, su negativa a tirar la toalla.” Todos ellos alimentan su conciencia personal y profesional porque busca honrar la vida, “que es sagrada”, defiende.

¿Cómo afronta cada día su jornada laboral?

Con la misma ilusión que el primer día, con la convicción de dar lo mejor de mí mismo para ayudar a todos aquellos niños y familias que depositan su confianza en mí.

Muchas veces es testigo del sufrimiento humano, ¿es posible reponerse al dolor y seguir trabajando por las personas?

Con el tiempo se aprende a convivir con el dolor y el sufrimiento, a veces uno trata de obviarlo pero sabe que está ahí. Sin embargo, ante la muerte de un paciente que siempre es la situación que más afecta hay que superar el duelo con entereza y saber que la vida continúa y que hay otros muchos que nos necesitan y por ellos no puedes venirte abajo.

¿Cuántas veces ha sentido que sus palabras han podido abrir a la esperanza la vida de personas en situaciones críticas?

Ofrecer esperanza es mi intención siempre que tengo que dar una mala noticia, seguro que muchas veces lo he conseguido y en otras no he estado tan acertado. En ocasiones, con mirar a los pacientes y sus familias es suficiente para saber que te han entendido y que han visto la misma esperanza que tú les mostrabas. No obstante, también damos muchas buenas noticias y esto es algo muy emocionante y reconfortante.

¿Cómo de importante es el diálogo con los pacientes y sus familias?

Es fundamental. Generalmente los paciente requieren tratamientos largos de varios meses y la comunicación debe ser constante a lo largo del tiempo, llegamos a conocernos muy bien. Es básico que confíen en los profesionales que los atienden y deben tomar decisiones. Si los pacientes o las familias no confían en ti todo es más difícil.

¿Cómo afronta la obligación de comunicar malas noticias a las familias?

Es una obligación que uno debe aceptar desde el mismo instante en el que decide estudiar Medicina, no son momentos agradables pero, prácticamente siempre, tras una mala noticia se abre una puerta a la esperanza por la que hay que tratar de pasar.

¿Qué es lo que le sigue sorprendiendo de niños y adolescentes ante la enfermedad?

Sus ganas de vivir, sus planes de futuro, su ilusión por seguir adelante, su negativa a tirar la toalla. Su inquietud no es si se van a curar o no, lo dan por supuesto, su pregunta es siempre “cuándo se van a poner buenos”, y esto es algo que me emociona. Ese amor a la vida que demuestran supone una gran responsabilidad ya que nos obliga y exige intentar no fallarles.

Usted estudió y sigue investigando para salvar vidas, ¿es posible para un médico asumir que la eutanasia es una ley que permite extinguir la vida?

Yo estudié Medicina para ser feliz y hacer felices a los demás curando, y mi consciencia medica es similar a la que Hipócrates, padre de la Medicina, plasmó por escrito en el Juramento Hipocrático original que es el que yo hice: “jamás daré a nadie medicamento mortal”. No estudié para acabar con ninguna vida aunque esa sea la voluntad del paciente. Sería infeliz. Ningún paciente, pediátrico o adulto, me ha pedido nunca que acabe con su vida ni ninguna familia me lo ha sugerido jamás.

¿Teme que la ley acabe asumiéndose en la conciencia social como un instrumento válido ante el sufrimiento?

Pasará como con el aborto, se acabará aceptando socialmente y será, en mi opinión, un nuevo drama. Después vendrán otros. No comparto, pero respeto que alguien tenga la libertad de decidir que su vida ha llegado a su fin y hay que acabar con ella, pero deben de respetar que yo no quiera ser el que lo haga.

En su opinión, unos buenos cuidados paliativos arrinconarían a la ley de la eutanasia, ¿son muchos los médicos que piensan así?

El objetivo de los cuidados paliativos es evitar el sufrimiento, el dolor y aliviar otros síntomas en pacientes en una fase terminal de su existencia por cualquier patología. A nosotros también nos ayudan en tratamientos ambulatorios en pacientes en los que no se espera la muerte. Mi especialidad, de esta forma, trabaja conjuntamente con cuidados paliativos en algunos pacientes y la experiencia es muy satisfactoria. En relación a mis compañeros, seguro que cada uno piensa de una forma y tienen convicciones y creencias diferentes. La mía es la que busca honrar la vida que es sagrada.

¿Qué experiencia le ha marcado más al ejercer su profesión en medio de dificultades y también alegrías?

De forma global lo que marca es el trabajo en equipo, ver a distintos profesionales de diversas categorías trabajar con tanto entusiasmo. De forma personal, lo que más marca siempre es despedirse de un paciente, especialmente si es un niño, aunque afortunadamente son situaciones excepcionales. Sientes que algo tuyo se va con ellos, pero a todos les digo lo mismo: “hasta pronto”, porque sé que volveré a verlos de nuevo.