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Entrevista a Yenia María González y Ernesto Ortiz

By 19 de noviembre de 2021763, Entrevista

«Decir públicamente que tus creencias valían, fue lo que marcó un antes y un después en nuestra vida»

¿Crecisteis en una familia no católica?

Yenia: Sí. Nuestra familia, especialmente la mía era una familia relacionada con el desarrollo revolucionario del 59: mi madre, mis tíos, mis abuelos, excepto mi abuelo paterno que era el único en la familia que tenía alguna creencia religiosa y que era católico pero no practicante. Precisamente de mi abuelo recuerdo una anécdota que me marcó en mi infancia con la religiosidad. Él tenía un altar en su habitación, con la Virgen de la Caridad del Cobre, San Lázaro y un cuadro grandísimo del Sagrado Corazón de Jesús y cuando falleció, mi bisabuela, que era militante del partido comunista, sacó todos sus santos y los quemó en el patio. Esto fue algo que me marcó en mi infancia. Nosotros crecimos como todos los niños cubanos, jugando con juguetes de razonamiento, viendo muñecos rusos, donde la religión no formaba parte de mi vida.

Ernesto: De la mía tampoco. Nacimos diez años después de la Revolución y para entonces ya estaba claro que la religión era el opio del pueblo. En mi caso particular, nací en un barrio pobre, de negros, y a decir verdad, mis primeros contactos con la religión me daban un poco de miedo. El asistir en ese barrio a un baile de santos o ver la imagen de San Lázaro que tenía mi abuela sucia con unos centavos encima, era algo fuera de lo común, porque nos educaron en una propaganda completamente atea. Yo recuerdo que había una revista en Cuba, “El militante comunista”, que tenía una sección que a mí me encantaba, se llamaba “Ciencia y religión” y que como os podéis imaginar mostraba todos los argumentos posibles en contra de la religión cristiana. Con esa aproximación, me surgió el interés por los temas religiosos en general y así fue mi primer acercamiento a la religión.

¿Cómo es la Iglesia cubana que vosotros habéis conocido, como era vuestra vida cristiana cuando decidís seguir a Cristo?

Yenia: Fue difícil, porque fue una consecución de situaciones que nos llevaron a una conversión. Por muchos factores llegamos a perder nuestro trabajo por colaborar con la Iglesia y en un momento determinado entramos en “Vitral”, una revista auspiciada por el Obispado y el centro de formación cívica-religiosa. Veníamos del mundo artístico cultural, yo era diseñadora gráfica y Ernesto escribía poesía y se movía en el ambiente de literario, empezamos a trabajar en “Vitral” y empezamos a conocer la Iglesia desde dentro, porque en ese momento teníamos un contacto muy básico. Comenzamos a trabajar en el Obispado, en la revista, dando catequesis con las Hermanas de la Caridad, incluso empezamos a ayudarlas con las cantinas, llevándoselas a los ancianos que no podían desplazarse a los comedores. Yo creo que mi primer contacto con la Iglesia, con la pobreza cruda del ser humano y su vulnerabilidad fue un día que llegamos con Sor María del Rosario a una casa de un señor y cuando entramos a esa casa que parecía normal, había un chaval de 30 años en una cama sin colchón, paralítico, y un mayor de 70 años cuidándolo con una mesa y una silla. El hombre era el padre de ese chaval, quien al vernos nos atendió con mucha amabilidad y ofreciéndonos lo poco que tenía, la silla llena de suciedad y moscas. No tenía nada para alimentar a su hijo que estaba paralítico en una cama… fue algo que me interpeló, pues nunca antes había visto esa realidad de la Iglesia que me tocó profundamente.

Ernesto, en esta experiencia de fe de Yenia, estabas en la revista “Vitral” y ¿fue esto lo que provocó un acercamiento a la Iglesia?

Ernesto: A Yenia la expulsaron de su trabajo por colaborar con “Vitral” y con la Iglesia, a mí antes por otros motivos y vine a recalar al Obispado porque era amigo del creador de la revista. Como sabía que yo no tenía trabajo, empecé a colaborar y a ver todo un movimiento que componía la Iglesia cubana en esos años para muchas personas. Benedicto XVI decía que la Iglesia católica es la religión de la razón creativa, eso necesariamente implica la verdad, la acción, y eso compele a la libertad; por eso, muchas personas que no tenían ningún tipo de libertad en Cuba, veían el atractivo de la Iglesia en ese momento. Particularmente nosotros en nuestra diócesis. Como decía Benedicto, “la Iglesia necesita sacerdotes y creyentes que por su vida de fe hagan creíble a Dios en el mundo”,  y esas personas que nosotros conocimos, como monseñor Siro o el Padre Manolo, obispo de Pinar del Rio, con el que íbamos muchos jóvenes a su parroquia por sus homilías encarnadas en la realidad del pueblo cubano, eran para nosotros esperanza.

Yenia: En el Obispado confluía mucha vida, era un sitio de comunión.

Ernesto: El Obispado representaba lo contrario a lo que el Gobierno hacía, que era quitar de la vida pública la Iglesia y ahí nosotros nos abríamos a distintos ambientes con las Cáritas parroquiales, pastoral penitenciaria, etc. de tal manera que nos llamaron la atención y tuvimos que ir contra toda esa marea, contando con el apoyo y la consideración de muchísima gente que se acercaba a nosotros porque necesitaban espiritualidad y poder expresarse libremente.

En el 86 se reunieron durante unas semanas obispos, religiosos, religiosas, laicos…para preguntarse precisamente cómo era la Iglesia y de qué manera podía ser. Fue un encuentro nacional cubano que hizo florecer la misión de la Iglesia y su función ante el pueblo cubano.

La visita de san Juan Pablo II fue un punto de inflexión en vuestra vida cristiana. ¿Cómo lo vivisteis?

Yenia: San Juan Pablo II vino para revolucionarlo todo. Fue un punto de partida para mucha gente que hasta ese momento había escondido su fe. Vino a abrir la grieta en el muro y a dejar pasar la luz.

Yo recuerdo tres puntos básicos vividos, la misa en la plaza de la revolución con un inmenso retrato del Corazón de Jesús y unas letras enormes que decían: Yo creo. El otro punto era oír hablar de Dios en la tele cubana, algo imposible, pues nunca el pueblo cubano en la tele había visto una misa ni nadie hablando de Dios. Pero sobre todo lo que retumba en mi memoria fue en la escalinata de la Universidad de La Habana, donde tuve la suerte de estar en el encuentro con el Papa dentro del Aula Magna, y donde vi cómo una gran cantidad de jóvenes, sacerdotes, laicos y demás, gritaban con fuerza: El Papa libre nos quiere a todos libres. Aquello me produjo un movimiento interior tremendo, porque hablar de libertad allí, decir públicamente que tu pensamientos y creencias valían, fue lo que marcó un antes y un después en muchas personas y en nuestra vida. Había gente que había vivido toda su vida persecución y en ese momento sintieron una liberación tremenda.

Ernesto: Sentimos el Espíritu Santo en esa Plaza de la Revolución y sopló fuerte en Cuba, pues en los ambientes donde el Régimen soltaba sus discursos de odio e ideología, el Papa vino a decir lo contrario, amor y paz.

Encontráis una comunidad parroquial en Córdoba, en la parroquia de la Aurora, ¿cómo estáis viviendo esta etapa de vuestra vida cristiana?

Yenia: La parroquia es una parroquia de barrio, nos han acogido estupendamente. Hay un movimiento muy fuerte a través de la hermandad de Nuestra Señora de la O y es impresionante ver, cuando vienes de un contexto donde tus santos están dentro y el pueblo no los puede sacar, ver a la Virgen caminando por las calles de tu barrio, la gente siguiéndola, gritándole bonita… esa libertad de expresar tu fe y manifestarla abiertamente, no la habíamos vivido en Cuba.

Por nuestra parte, nos intentamos acoplar a las catequesis, a los grupos, poco a poco, conociendo a la gente y estamos asistiendo a un grupo de Comunión y Liberación, tanteando un poco la experiencia y poniendo al servicio de la parroquia los talentos que Dios nos dio.

Ernesto: Cuando salimos de Cuba, me maravillaba la variedad de expresiones de la fe católica que España tiene. Una riqueza de fe muy grande, muy enriquecedora. En Cuba es que esto no se vive, es imposible, por eso son tan llamativos para nosotros y nos gusta. Agradezco la posibilidad que nos dan en la parroquia de que nos integremos en la vida comunitaria.