San José, Patrono de la Iglesia Católica

By 4 de diciembre de 2020719, Iglesia Diocesana

El día de la Inmaculada se cumplen 150 años de la proclamación de San José como patrono de la Iglesia Católica; dicho patrocinio fue declarado por el Beato Pío IX por medio del Decreto conocido como Quemadmodum Deus (8 de diciembre de 1870). La conmemoración de dicho patrocinio es una oportunidad, por un lado, para profundizar en sus fundamentos, y también para poder ver su actualidad, más allá de las vicisitudes históricas.

Tras la interrupción del Concilio Vaticano (8-12-1869 ‒ 20-10-1870), debido, por un lado al conflicto franco-prusiano que hizo que la mayoría de los obispos europeos se volvieran a sus diócesis, y por otro, debido a que las tropas de Víctor Manuel II tomaron Roma consumando la unificación italiana con la supresión de los Estados Pontificios, habida cuenta de que en “estos tiempos tristísimos la misma Iglesia es atacada por doquier por sus enemigos y se ve oprimida por tan graves calamidades que parece que los impíos hacen prevalecer sobre ella las puertas del infierno”, como se afirmaba en el texto del citado Decreto, el Papa Pío IX, que gobernó la barca de Pedro durante 32 años (1846-1878), dieciséis años después de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (8-12-1854), proclamó a San José como Patrono de la Iglesia Católica. El día de la Inmaculada estaba reservado por el Papa para grandes acontecimientos y para las más grandes enseñanzas: en 1854, la proclamación del dogma inmaculista; en 1864, la promulgación de su encíclica Quanta cura, con el anexo del Syllabus, donde condenaban las doctrinas decimonónicas que atacaban la religión; en 1869, el inicio del Concilio Vaticano; y en 1870, la proclamación del patrocinio de San José sobre la Iglesia.

Este Papa, que propagó la devoción al Corazón de Jesús, cuando ya anciano estaba mermada su salud, quedó imposibilitado de poder caminar: un día de la Inmaculada, en el año 1877, recuperó la salud que le permitió poder volver a caminar; nunca había dejado de celebrar la Misa diaria y pudo, en sus últimos meses de vida, celebrarla de pie. Murió el 7 de febrero de 1878 rezando el Rosario, tras sufrir un ataque al corazón. Un mes antes de fallecer, levantó las excomuniones a Víctor Manuel II de Saboya, enterado el Papa de que se encontraba el Rey muy grave.

Con anterioridad a la proclamación del patrocinio josefino, existía un fervor renovado por San José, que se había materializado en la creación de numerosas asociaciones y cofradías dedicadas al Santo Patriarca. Muchos obispos y superiores religiosos habían solicitado al Papa la declaración del patrocinio; incluso durante la celebración del Concilio Vaticano se llevaron a cabo estas peticiones. Como antecedente más preclaro de la propagación de la devoción a San José lo encontramos en Santa Teresa de Jesús; ella misma nos lo explica en el Libro de su Vida:

Y tomé por abogado y señor al glorioso san José y me encomendé mucho a él. Vi claro que, tanto de esta necesidad como de otras mayores, de perder la fama y el alma, este padre y señor mío me libró mejor de lo que yo lo sabía pedir. No me acuerdo hasta hoy de haberle suplicado nada que no me lo haya concedido. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, y de los peligros de que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece que les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; pero a este glorioso santo tengo experiencia de que socorre en todas, y quiere el Señor darnos a entender, que así como le estuvo sometido en la tierra, pues como tenía nombre de padre, siendo custodio, le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide» (LV 6,6)

Más allá de los acontecimientos históricos del S. XIX, con la ayuda de Santa Teresa y del texto de la Declaración del patrocinio josefino, podemos acercarnos al valor permanente de la protección de San José en favor de la Iglesia: San José es el Santo de la providencia, príncipe y señor de su casa; custodio de los tesoros más preciosos de Dios, Jesús y María.

José, hijo de Jacob, fue quien gobernó Egipto con gran sabiduría, proveyendo en la carestía los alimentos necesarios, y auxiliando a sus hermanos en la necesidad. Cuando vinieron los tiempos de las “vacas flacas”, el Faraón les dijo a los egipcios: “id a José, y haced lo que él os diga” (cf. Gn 41, 55). Este José es figura del otro José, el humilde artesano de Nazaret, y es por ello que Dios lo “designó a este otro José, del cual el primero era un símbolo, y le constituyó señor y príncipe de su casa y de su

posesión y lo eligió por custodio de sus tesoros más preciosos” (cf. Decreto Quemadmodum Deus): es por ello que Santa Teresa decía que “no me acuerdo hasta hoy de haberle suplicado nada que no me lo haya concedido” (cf. LV 6,6), y añadía que era el Padre a quien Jesús obedece, no sólo en la tierra, sino también en el cielo. Tomamos la indicación del Faraón para nuestro tiempo, donde en la necesidad, se nos invita a ir al otro José, quien gobierna, no un país, sino la casa de Nazaret. Si José de Egipto tenía los graneros llenos, este otro José no posee bienes materiales sino que nos da los tesoros más preciosos de Dios: a Jesús, a quien con “cuidado solícito alimentó al que el pueblo fiel comería como pan bajado del cielo para conseguir la vida eterna” (cf. Decreto Quemadmodum Deus); y a María, a quien “tuvo por esposa […],

de la cual por obra del Espíritu Santo nació Nuestro Señor Jesucristo” (cf. Ibid).

Ante las necesidades de hoy, dado que la crisis sanitaria producida por la pandemia del Covid-19 ha derivado en una crisis económica y laboral, hay que acudir San José, a quien la Iglesia proclama como principal patrono, para que no carezcamos ni de los bienes materiales, ni los bienes eternos.

La conmemoración del patrocinio de San José es la oportunidad para renovar nuestra devoción al Santo Patriarca encomendándole que proteja al Papa y a la Iglesia Católica, que a nuestra sociedad la libre de los males presentes, que nos conceda trabajo, salud y prosperidad, y que custodie a nuestras familias.

Nicolás Jesús Rivero Moreno

Párroco de Sto. Domingo de Guzmán.
Consiliario de la Hermandad de San José Artesano. Lucena