Navidad en Picota

By 18 de diciembre de 2020721

En Picota, los belenes, las luces y flores han esperado la bendición para pregonar que ha llegado la Navidad. Todo se multiplica en la fe, también la voluntad de los habitantes de poblados de la selva amazónica de vivir la Navidad más auténtica, habitada por la oración y celebraciones llenas de fraternidad y color. En Picota, la misión diocesana redobla su presencia por caminos de tierra y, kilómetros través, asume la alegría del tiempo de la espera para la llegada de Dios. Se han hecho rifas para sumar figuritas al nacimiento, se refuerza los gestos de colaboración nueva la importancia de ayudarse y compartir. En Navidad, el sacerdote diocesano misionero en Perú, Antonio Javier Reyes, atisba contrastes entre dos mundos e ilumina el camino para el encuentro con la ternura de Jesús

Leoncio Prado

Hace pocos días, Antonio Javier Reyes viajó a un pueblecito de nombre Leoncio Prado. Allí, toda su comunidad llevaba dos meses haciendo rifas para adquirir un sencillo belén de escayola y poner un árbol de Navidad en su Iglesia. Aquel domingo, cuando el sacerdote llegó para bendecirlo hubo una sola voz: “podemos hacer muchas cosas juntos y queremos hacer cosas nuevas juntos”.

El Belén de Leoncio Prado no tienen ni lujosos trajes ni llamativos gestos pero el Señor ha querido este Adviento que el Niño nazca en

ese lugar de una manera diferente “haciéndoles conscientes de la importancia de ayudarnos mutuamente”.

En la distancia, Antonio conserva el eco de un villancico del festival navideño de la catequesis de la parroquia de Santa Teresa de Córdoba: “Dios ha nacido en Perú”. Ahora comprueba como Dios nace cada día en el lugar más humilde y sencillo de la tierra, allí donde menos se le puede esperar; en cada hombre y en cada acontecimiento “quiere salir a mi encuentro y me interpela para que yo lo acoja”, dice.

También en Picota, algunos caseríos al llegar la Navidad y las casas se llenan de luces, de estrellas y de árboles de Navidad. Las comidas se suman a esta fiesta con el arroz y el pollo. A este lado del mundo, en las casas se alcanzó mucho esplendor ornamental y festivo, recuerda Antonio, que pueden ocultar un modo de vivir en tinieblas de la que Dios me quiere salvar y quiere ser “la luz de mi vida”.

Por la selva

Después de dos horas conduciendo por rudimentarias carreteras, oyendo la lluvia caer, el padre Antonio pudo reflexionar en el silencio en medio de caminos embarrados: “estás aquí para que tu pobre vida yo me pueda seguir haciendo presente”, cuenta Antonio. Por eso anima a “ser el signo palpable de entre los marginados, porque solo a través de nosotros la humanidad podrá experimentar la verdadera Navidad y eso significa que yo sea Navidad para otros, allí donde Dios resulta invisible a los ojos de los hombres”.

Navidad diferente

En la preparación de la Navidad a Antonio Reyes le asaltó el contraste de vivencias, ahora que en Picota ha vivido su primer adviento como misionero diocesano. Un Adviento diferente. Mientras en nuestro entorno se desliza un eslogan que habla de “salvar la Navidad”, este sacerdote reflexiona sobre la importancia de buscar en lo auténtico un modo de alejarnos de pretensiones, apariencias y alegrías huecas y consumistas.

Su reflexión es un relato que consigue mucha similitud entre el episodio histórico del hundimiento del Titanic y el destino de una sociedad que se siente omnipotente. Comienza narrando el centenario del  Titanic que refleja muy bien “la catástrofe de nuestra vida cuando nuestros deseos no están bien orientados”. En este relato, el sacerdote recuerda la pretensión de grandeza reflejada en la magnitud de aquél navío que invitaba a sus pasajeros a creer que “somos insumergibles e indestructible”. Un barco, que fue construido en tiempo de decadencia y como expresión de los sueños de grandeza que lo equiparaban a un palacio flotante.

Fabricado para hacer la competencia a los de menor envergadura, la tripulación había desoído las alertas por la presencia de iceberg, pero se aumentó la velocidad de crucero para revalidar su fama de transporte rápido y ganar tiempo en su viaje inaugural. El iceberg no fue visto por el vigía. Faltó prudencia. El choque entre el buque y el iceberg produjo una grieta en su lateral y ni siquiera esta circunstancia causó la alarma precisa.

En su reflexión, Antonio Reyes se vale de este episodio para comprobar que ni siquiera cuando la sociedad está herida llega a creerlo: “Nadie lo creyó. Solo tenían botes para la mitad de los pasajeros y partían vacíos ante el convencimiento general de que verdaderamente era insumergible”.

A esta imagen, la de un barco abocado al hundimiento se suma otra también muy poderosa: la de la decisión de los tripulantes de ordenar a la orquesta del barco que tocaran “algo alegre” para que no cundiera el pánico. Los últimos acordes estuvieron dedicados a la canción “Cerca de ti, Señor, quiero estar”. En dos horas se hundió la obra de ingeniería llamada a desafiar las leyes de viento y del mar. Solo tuvo cuatro días de vida y nada quedó de su imponente belleza. Sus restos reposaron en el fondo del mar.

Para Antonio Reyes, habituado ya a comprobar como la sencillez, el esfuerzo y la ayuda mutua hacen posible cada día pequeños logros en la misión Diocesana de Picota, aquel relato del hundimiento del Titanic explican que “los sueños de grandeza nublaron la capacidad de gestionar. La soberbia se impuso, porque al ignorar a Dios caemos en el espejismo de creernos más fuerte que Él. El pecado original nos enseña las dimensiones catastróficas de querer ser Dios, acabamos destruyéndonos” y se pregunta “¿acaso no nos estará sucediendo lo mismo en este tiempo de pandemia”. Nuestro deseo de grandeza mal encauzado nos ciega permanentemente –subraya desde Picota- e igual que el Titanic al surcar los mares de la vida “apoyado en el deseo autónomo de grandeza y querer seguir controlándolo todo nos hacen naufragar”. Para Antonio Reyes “hay una manera de vivir lejos de la ostentación, la soberbia y la vanagloria del Titanic para mostrarme el misterio de la sencillez, la humildad y el silencio”.

Cuento del río

En su reflexión desde Picota, Antonio Reyes, acude al cuento que narra la observación de un profesor que veía el ir y venir de los alumnos el ir y venir al río. El maestro les dijo: “Se han dado cuenta de que van siempre a beber al mismo lugar del río, pero que nunca beben el mismo agua”. Para este sacerdote cordobés misionero en Picota, “cuando volvemos a beber, el agua no es igual, sino única e irrepetible, igual que para cada uno de los que se aceraban a aquel río. Lo mismo ocurre con la Navidad”. Y con esta metáfora del tiempo y el discurrir de la vida se pregunta si queremos resistir para volver “a lo mismo o queremos nosotros ser salvados por la Navidad”. Propone una reflexión personal sobre nuestra percepción de seres omnipotentes y preguntarnos “si soy yo el verdadero necesitado de salvación”.

Unido al sueño de grandezas, nos debemos proponer si queremos seguir sumidos en el consumismo, reuniones superficiales o preferimos la Navidad que rescate el tiempo entrañable en que Dios se hace hombre, porque “la Navidad es un misterio para celebrar que Dios me ama porque no soy un extraño para Él. En Navidad su misericordia se reduplica sobre nuestras cabezas y al darnos Dios a su hijo es como si nos amase el doble de lo que nos ama a diario”, explica Antonio Reyes.

Para este sacerdote, en estos días, se puede descubrir la maravilla de la Navidad y entonces celebrar que todo lo que es humano, Dios ha querido vivirlo con pobreza, oculto y sencillo y “no a la manera de los hombre en el lujo, la ostentación el alboroto y el ruido. Dios mismo nos visita, quiere volver a nacer en mi vida de manera especial”. El sacerdote nos invita a estar atentos porque “No perdamos la capacidad de asombrarnos a este misterio, aunque es algo a lo que no nos podemos acostumbrar: Dios se ha hecho uno como yo, nada hay humano, excepto el pecado que no haya querido vivir”. Dios viene salvarme de una manera nueva en este tiempo de pandemia y quizás yo prefiera quedarme ver cómo me amaba siempre sin dejarme transformar, pero “la Navidad no necesita ser salvada, soy yo el que debe salvarse de la Navidad de la ostentación”.