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«Estáis llamados a servir al pueblo santo de Dios»

By 9 de diciembre de 2021Tema de la semana

Pedro Jesús del Pino Díaz, Pablo Fernández de la Puebla Lechuga, Jesús Lérida Nieto, H.N., Abraham Luque García y Manuel Millán Serrano son desde esta semana los cinco nuevos diáconos que tiene la diócesis de Córdoba. Coincidiendo con la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María se celebró la ordenación diaconal, administrada por el obispo de Córdoba monseñor Demetrio Fernández, en la Santa Iglesia Catedral.

El prelado comenzó su homilía recordando que en la fiesta de María Inmaculada celebramos que María no ha tenido “nunca pecado por eso mirarla a Ella hoy y todos los días del año es una esperanza para nuestro corazón como pecadores”, en Ella encontramos la “madre limpia”. En este día se clausuraba el año dedicado a San José y por eso estuvo presente la imagen de San José Artesano de Lucena, que participó en la vigilia de la Inmaculada. El Obispo quiso dar gracias a Dios por este año josefino en el que todos hemos tenido ocasión de acercarnos y pedirle su protección.

En el marco de la solemnidad de la Inmaculada Concepción son ordenados los nuevos diáconos, es un día lleno de gracia para estos cinco jóvenes y María Santísima “os comunicará esta gracia como le hizo a Ella el Espíritu Santo” porque el sacramento del Orden y concretamente el del Diaconado consiste en recibir el Espíritu Santo que os configura con Cristo siervo, servidor. La palabra diácono significa “el que sirve” y en el ministerio del diaconado os comprometéis a servir especialmente a los pobres, a los enfermos y a todos los que sufren, continuó monseñor Demetrio Fernández.

En este día celebramos el sacramento del diaconado y la fuerza del Altísimo os cubrirá con su sombra, de esta forma las obras que salgan de vuestro ministerio serán “sobrenaturales”, será Jesucristo prolongado en vuestra vida y en vuestro ministerio, apuntó el Pastor de la Diócesis. En este día prometéis al Señor vivir en el celibato por “el reino de los cielos porque Dios os ha hecho entender que os quiere para Él totalmente”. También prometéis obediencia al Obispo “como quien ha encontrado en la obediencia la libertad.” Cultivar el espíritu de oración es otra de las promesas que hacéis hoy, la oración es un aliciente porque vuestra principal tarea es orar por el pueblo que se nos ha encomendado, les recordó el prelado.

La Iglesia dispone que haya diáconos para que administren la caridad del pueblo santo de Dios en servicio de los pobres y de los que sufren. A María Santísima “os encomiendo en este día de la Inmaculada que os mantenga fieles como Ella y limpios de corazón”. Oremos por los nuevos diáconos y que sean un espejo en el que pueda mirarse el pueblo de Dios, pidió monseñor Demetrio Fernández al término de su alocución.

Los nuevos diáconos, del Seminario Conciliar “San Pelagio” y de la Familia Eclesial “Hogar de Nazaret”, han recibido el primer grado del orden sacerdotal acompañados de numerosos sacerdotes de la Diócesis, los rectores, formadores y alumnos de los Seminarios y familiares y amigos.

«El Señor me ha puesto las cosas muy claras siempre»

Pedro Jesús del Pino Díaz estuvo dos años en el Seminario Menor y los recuerda como los mejores de su vida, de su paso por el Seminario Mayor destaca que ha aprendido a amar como Jesús

¿Cómo llegaste al Seminario?

Llegué al Seminario por medio de un sacerdote. Cuando tenía once años hice la primera comunión, no la hice con la edad que tenía que hacerla, y gracias a mi abuela empecé a ir a catequesis y a salir de monaguillo y me impactó muchísimo. Conocí a un sacerdote que nos enseñó a amar la misa, a descubrir que Jesucristo no es algo sino “alguien”, que se encuentra especialmente presente en la eucaristía. Aquello me empezó a gustar y un día este sacerdote me hizo la pregunta que a muchos de nosotros nos han hecho: ¿has pensado alguna vez ser cura? Y le dije que si estaba loco, que yo quería formar una familia, tener hijos. Pero aquella idea caló en mí hasta que llegó un momento que no pude decirle que no al Señor. Lo comparo con el enamoramiento, empiezas a darle vueltas a la cabeza y ese pensamiento no te lo puedes quitar de la cabeza. A mí me pasó lo mismo con aquella idea de ser cura y un día fui a la parroquia y le dije al sacerdote “vamos a probar lo de ser cura pero no lo veo muy claro”.

Empecé a ir al Seminario Menor de Málaga a unas convivencias, que es lo que sería nuestro preseminario. Con el tiempo me di cuenta que quería ser cura pero al volver a casa veía que en mi entorno yo no podía ser cura, mis amigos no iban a misa, tenían novia y también quería esa vida así que vi que no podía responderle al Señor y abandoné la idea del sacerdocio. Pero Dios y especialmente la Virgen, quisieron encontrarse conmigo en una peregrinación a la Virgen de Araceli, de Lucena, conocí a un seminarista, a José Antonio Valls, y me invitó a conocer el Seminario de Córdoba. Fui dando largas a los preseminarios que me invitaban pero a finales de junio decidí ir y al llegar me di cuenta que eso era lo que Dios quería para mí.

El Señor me ha puesto las cosa muy claras siempre porque sabe que le doy mucha vueltas a las cosas y lo hace para que no tenga dudas.

¿Qué han supuesto estos siete años de formación en el Seminario Mayor?

La formación en el Seminario Menor es crecer con Jesús. Los seminaristas que hemos pasado por el Menor hemos crecido en estatura, en sabiduría y en gracia de Dios. Los dos años del Seminario Menor me marcaron profundamente y han sido los años más fabulosos de mi vida porque han sido crecer con Jesús y vivir la vida de un joven al que le gustan las cosas de todos los jóvenes pero con Jesús.

En el Seminario Mayor se ha ido fraguando esa vocación pero sobre todo se aprende a amar como Jesús. Estos años han supuesto responderle desde lo más profundo del corazón a Jesús “que lo quiero y que quiero quererte” y Tú que lo sabes todo sabes que te quiero querer a pesar de la poca cosa que soy.

¿Qué destacarías de tu paso por el Seminario?

No sabría quedarme con ningún momento concreto pero si como el Señor ha ido saliendo al paso, la experiencia de saberte amado por Dios y de saberte salvado. Hay momentos que crees que esto no para ti pero el Señor sale al paso por medio de un formador o de un hermano seminarista para decirme “oye que yo te quiero y quiero que seas cura”. Los momentos en los que Dios se ha hecho presente y me ha dejado claro que esto no es mío, que es suyo y que por eso va adelante, son los que más han marcado mi formación.

¿Cómo te enfrentas a tus últimos meses en la que ha sido tu casa los últimos ocho años?

Con mucho gozo y alegría. Vengo de hacer un año de pastoral en la parroquia de Santo Domingo de Lucena, el cambio es grande, volver a estudiar es duro pero esta casa es mi casa y vivir aquí estos últimos meses es una alegría porque es volver al cenáculo para que Jesús nos termine de preparar para enviarnos a evangelizar, a dar la vida por los hermanos, a servir a los más pobres y a los más necesitados, que son los preferidos del Señor.

¿Qué momento destacarías de esta etapa?

No sabría decir un momento concreto, quizá estos momentos finales que estamos viviendo en los que nos estamos preparando más intensamente para la ordenación. Lo vivo con alegría porque Dios nos pide que le entreguemos un amor de aquí por uno más grande, que es el amor de Jesús que da la vida por los demás.

¿Qué momento crees que está viviendo la diócesis de Córdoba?

Nuestra Diócesis está viviendo un momento precioso, la pastoral diocesana no se entiende solo desde el cura que hace cosas sino más bien desde una Iglesia que sale en misión, todos los bautizados enviados por Jesucristo a anunciar la buena noticia de que nos ama y ha venido a salvarnos. En todo esto van tomando cada vez más responsabilidad los laicos, vemos como los laicos de nuestra parroquia han tomado conciencia de que ser laico es una vocación, es decir, Dios lo ha llamado a ser santo en medio de su vida, su trabajo. Hay miles de laicos que entregan su vida al Señor en su día a día, en Cursillos, en Acción Católica o en nuestras parroquias.

«Es un regalo comprobar que Dios te quiere tal como eres»

Manuel Millán Serrano afronta su ordenación muy confiando en el Señor y siente que lo ha llamado para hacerlo feliz

¿Cómo llegaste al Seminario?

Gracias al impulso de mi abuela que me animó a ser monaguillo y conocí a mi párroco y gracias a su figura y a la de los seminaristas de aquel momento empecé a conocer las diferentes actividades del Seminario Menor. En septiembre de 2008 entré en el Seminario Menor.

¿Qué han supuesto estos siete años de formación en el Seminario Mayor?

Jamás se me olvidarán estos años, he crecido a nivel humano y espiritual y la formación que he ido recibiendo tanto en el Menor como en el Mayor me ha ido haciendo la persona que soy a día de hoy.

¿Qué destacarías de tu paso por el Seminario?

Como Dios me ha ido demostrando que me quiere tal como soy, es un regalo comprobarlo e incluso saber que te quiere con tus pecados y debilidades.

¿Cómo te enfrentas a tus últimos meses en la que ha sido tu casa los últimos ocho años?

Muy nervioso porque un ve que se acerca y se siente indigno, pero por otro lado, muy confiado en el Señor.

¿Qué momento destacarías de esta etapa?

Me quedaría con el año de pastoral en la parroquia de Santa Catalina de Pozoblanco, donde he ido viendo que todo lo que no enseñan en el Seminario se pone en práctica en la vida de una parroquia. También me quedo con el mes de Ejercicios Espirituales que pude hacer este verano en los que comprobé como el Señor me llama para hacerme feliz.

¿Qué momento crees que está viviendo la diócesis de Córdoba?

Muy especial en el que estamos celebrando el Sínodo de los Jóvenes, una forma muy acertada de darle el relevo a los jóvenes para que entren a formar parte de la vida activa de la Iglesia.

«He comprobado que el Señor cumple su promesa»

Pablo Fernández de la Puebla Lechuga está aprovechando al máximo estos últimos meses de formación y afronta su ordenación “con generosidad”

¿Cómo llegaste al Seminario?

La intuición por la vocación sacerdotal la tuve por primera vez con dieciséis años, empecé a intuir que Dios me llamaba a algo más, a seguirle como sacerdote. Al principio me causó extrañeza, no lo entendía, pensaba que se olvidaría, pero conforme entraba en la vida de la fe, en la vida de la Iglesia, en los ratos de silencio y oración esta intuición seguía ahí con mucha fuerza. Recuerdo que el 16 de 2013 hubo un encuentro especial con el Señor, me rendí y dije “Señor lo que Tú quieras”. Le pedí a mi mejor amigo que me acompañara al Seminario porque el Señor me pedía que fuera sacerdote, vinimos a conocerlo y recuerdo un momento muy bonito porque vi que había jóvenes de mi edad a los que les había pasado lo mismo que a mí. Acabé segundo de bachillerato y entré en el Seminario donde llevo ocho años.

¿Qué han supuesto estos siete años de formación en el Seminario Mayor?

Ha sido el tiempo de comprobar como el Señor cumple su promesa, recuerdo que antes de entrar en el Seminario le pedía al Señor tres cosas; primero que esta llamada fuese para siempre; segundo que pusiese una compañía en mi vida y tercero, que si Él me llamaba y yo le decía que sí que me hiciese realmente feliz. En estos siete años he comprobado que el Señor cumple, me da una compañía muy grande que es la Iglesia, mis hermanos del Seminario, formadores, amigos. Con la ordenación me hace ver que es para siempre, que me quiere, y por último cada día veo que el Señor me hace realmente feliz en esta vocación.

¿Qué destacarías de tu paso por el Seminario?

Como el Señor se empeña por cada uno de nosotros, en mí, en mi vida me coge de la mano y tira con fuerza para que no nos separemos de Él. El Señor necesita gente que se entrega a Él para darlo a conocer al mundo entero para que todo el mundo pueda tener un encuentro personal con Jesucristo vivo, que es lo más grande que les puede pasar en la vida.

¿Cómo te enfrentas a tus últimos meses en la que ha sido tu casa los últimos ocho años?

Queriendo aprovechar mucho el tiempo porque luego los sacerdotes dicen que el Seminario se echa muchos de menos. Me gustaría aprovechar este tiempo, la formación, la amistad con el resto de seminaristas. No quiero perder ningún momento hasta la ordenación.

¿Qué momento destacarías de esta etapa?

Es una etapa muy larga y se podrían destacar muchos momentos pero el que tengo más reciente es el curso pastoral, que he estado en la parroquia de Santiago y en la Basílica de San Juan de Ávila de Montilla. Ha sido muy ilusionante poder ser partícipe de la vida de una parroquia en concreto, ver al sacerdote que da los sacramentos, visita o los enfermos, cómo es la labor de Cáritas con los más necesitados. Ha sido un tiempo de ilusionarme con la vida concreta que tendré en un futuro. También ha sido un impulso para ir a la ordenación con generosidad.

¿Qué momento crees que está viviendo la diócesis de Córdoba?

Lo que conozco de mi paso por las parroquias son realidades de cristianos que realmente ama la Iglesia y a Jesucristo y se implican. Puede parecer que la fe decae y hay menos cristianos, pero los que hay son muy auténticos entonces lo que he ido conociendo de la Diócesis es gente que ama a la Iglesia y a Jesucristo y me ilusiona ser sacerdote de este pueblo que se nos encomienda.

«Le pido a Dios que me haga un sacerdote según su corazón»

A Jesús Lérida Nieto, H.N. la Virgen de Fátima le hizo ver que su vocación era el sacerdocio en la vida consagrada en el Hogar de Nazaret

¿Cómo llegaste al Seminario?

Mi historia es un poco diferente a la de los demás porque soy consagrado del Hogar de Nazaret. Empecé en el Seminario Menor de Ciudad Real con catorce años y estuve tres años y fue una etapa muy buena pero decidí dejarlo y en ese momento el Señor salió a mi paso a través del Hogar de Nazaret. Conocí a la Hermana Sara que me ayudó a llegar a Cristo y empecé el noviciado en el Hogar de Nazaret y en mi consagración nuestra Madre fundadora, María del Prado, íbamos a hacer una peregrinación a Fátima y me dio un mensaje para la Virgen: “Dile a la Virgen que tuviste vocación de sacerdote, que si Ella quiere le pida a su Hijo que te esclarezca si es su voluntad o no. Escribí mi carta en Fátima y se la eche a la Virgen y a través de diversas circunstancias Ella me hizo ver que esta era mi vocación, el sacerdocio en la vida consagrada en el Hogar de Nazaret.

¿Qué han supuesto estos siete años de formación en el Seminario Mayor?

Has sido años de purificación, de decir Dios mío me estás llamando realmente para esto tan grande que nos supera, pero eres Tú. Han sido años de profundizar en Cristo sacerdote y de ir asimilando el carisma de Nazaret para poder entregarlo en la Iglesia y poder darlo como consagrado y sacerdote, especialmente a los niños, a las familias y a las personas que el Señor nos vaya poniendo.

¿Qué destacarías de tu paso por el Seminario?

El profundizar en Cristo, decir Dios mío ¿eres tú? Y eres el que me ha llamado. Han sido años de ver la grandeza de esta vocación, que te supera y no puedes abarcarlo y sin embargo oyes la llamada de Dios que te dice “adelante, que no eres tú, soy yo, no te preocupes, simplemente por el uno por ciento que te pido y juntos haremos maravillas”. Yo le digo: Señor en eso me escudo porque por mis fuerzas no puedo nada.

¿Cómo te enfrentas a tus últimos meses en la que ha sido tu casa los últimos ocho años?

Pidiéndole al Señor que me haga de verdad sacerdote, que me configure con Él, intentando aprovechar con Él mucho más, de la comunidad, los niños, las familias, aprender de todos porque al fin y al cabo el sacerdote es de todos y todos nos enseñan. Estos últimos meses le pido que me haga un sacerdote según su corazón.

¿Qué momento destacarías de esta etapa?

Han sido muchos, altos, bajos, pero destacaría dos: el Año Jubilar del Sagrado Corazón, porque el Señor permitió en mi vida que sintiera la debilidad de una forma muy fuerte y oír de labios del Sagrado Corazón “Sus heridas nos han curado” fue darme cuenta que Dios es la respuesta a mi vida; y el año pasado en la pastoral en la parroquia de El Carmen de Puente Genil y lo viví a tope y el Señor me ayudó mucho a entender lo que sería mi futuro sacerdocio. Pude ver muy bien que tenemos la responsabilidad de rezar por un pueblo.

¿Qué momento crees que está viviendo la diócesis de Córdoba?

Un momento espectacular. Yo vengo de la Diócesis de Ciudad Real y veo que cada diócesis aporta a la Iglesia se especificidad y en Córdoba veo la alegría, cómo se está apostando por el laicado activo en la evangelización y valoro mucho estar siempre unidos al Papa. En mi vida espiritual me está ayudando mucho caminar con el Papa. El momento de la diócesis de Córdoba es apostar por la unidad con el Papa, que es el secreto de la iglesia, somos uno con el Papa.

«El Señor quiere hacer de mí un instrumento y un servidor»

Abraham Luque García estuvo cinco años en el Seminario Menor ocho en el Mayor y reconoce que ambos han sido como una familia para él

¿Cómo llegaste al Seminario?

Desde muy pequeño el Señor se sirvió del Colegio católico de las Hijas de Patrocinio de María de Priego y con la preparación a la primera comunión conocí a un sacerdote. Con esos dos medios el Señor me acercó al Seminario. Empecé siendo monaguillo en la parroquia del Carmen de Priego, después el párroco empezó a llevarme al Día del Monaguillo, a los Preseminarios y Colonias Vocacionales del Seminario Menor y todo me llamaba mucho la atención. Después de unas Colonias Vocacionales decidí entrar en el Seminario en segundo de la ESO y estuve cinco años y ocho en el Mayor.

¿Qué han supuesto estos siete años de formación en el Seminario Mayor?

Ambos seminarios han sido como una familia para mí, el Menor es un camino con Jesús, aprendí a hacer oración personal, a estudiar, a jugar con el resto de seminaristas. Tengo un recuerdo muy feliz de esos años y todo lo que aprendí se ha ido afianzando en el Mayor. He ido profundizando en la llamada del Señor, descubriendo que me quiere tal como soy y quiere hacer mí un instrumento y un servidor.

¿Qué destacarías de tu paso por el Seminario?

La relación con el Señor en mi vocación al sacerdocio; la preparación intelectual que es fundamental para dar razón de nuestra fe a nuestros contemporáneos; y la fraternidad que ha sido un punto fundamental en mi vocación ya que está en vista al presbiterio, en la relación con los compañeros he aprendido muchas cosas.

¿Cómo te enfrentas a tus últimos meses en la que ha sido tu casa los últimos ocho años?

Con alegría porque veo que la llamada que recibí un día del Señor ha ido cuajando y en unos meses seremos ordenados sacerdotes. Sin miedo y con mucha confianza porque esta obra es del Señor y está en sus manos. Y por último, aprovechando mucho el tiempo porque hay vivencias que no se van a volver a repetir en el Seminario y quiero disfrutar de cada momento que ofrecen la comunidad y los formadores.

¿Qué momento destacarías de esta etapa?

El rito de Admisión, que fue el primer sí grande al Señor en la Iglesia, y los Ejercicios Espirituales de mes, que los hice este verano y han supuesto un afianzamiento de la vocación que el Señor me regala. En los Ejercicios he descubierto que el Señor me quiere tal como soy para hacer su obra, es decir, ser un servidor de la alegría que necesita el mundo.

¿Qué momento crees que está viviendo la diócesis de Córdoba?

Muy bonito, con un ritmo intenso, a pesar de que la pandemia lo aflojó todo, ahora están resurgiendo los grupos, las catequesis, y la vida que hay en las parroquias refleja un momento precioso y lo tenemos que aprovechar para crear más comunidad.